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viernes, 5 de agosto de 2011

Condenado o peregrino (RRH)


“Era la primera vez que iba a caminar hacia la ciudad de Locumba, tenía doce años de edad. Mis amigos del barrio, del pueblo joven Alto de la Alianza habían planificado todo. A mí me tocó cocinar papas y chuño blanco (la verdad, mi mamá había cocinado), en total pesaba dos kilos, creo.
Comenzamos a caminar, los más grandes llevaban frazadas, frutas, abrigos de todos nosotros… Yo caminaba únicamente con “condoritos” (sandalias de plástico, que se sujetan con los dos primeros dedos del pie). Pensé que la caminata sería breve. Sería las seis de la tarde, del día doce de setiembre, y ya estábamos en Tomasiri, yo estaba cansado. Mis compañeros me dijeron:
-¿Puedes seguir caminando, o te despachamos en carro hacia Locumba?
Herido en mi orgullo propio, les dije: -avancen nomás, ya les alcanzo en el desvío (después de pasar por el puente de Sama, al recorrer varios kilómetros, existe una ruta para los caminantes, por el lado derecho de la carretera Panamericana). Y ellos partieron, diciéndome: -nos encontramos ahí, porque allí vamos a dormir.
Confiaba ciegamente en mis piernas, esa noche no me respondieron. Retomé la marcha, caminé por la carretera Panamericana, buscando el desvío del camino, y nada. Seguía andando, estaba lloviznando y yo temblaba.
No portaba una linterna, todo era oscuridad; tenía un pantalón delgado, un polo delgado, una frazada delgada y mi cuerpo, era demasiado delgado. Cuando consideré que debía entrar a la pampa, giré a la derecha, con dirección a Locumba, y no veía a nadie.
Lloré, junto a la garúa, mi desventura. Avanzaba arrastrando los pies, como un condenado encadenado, no pude más y me senté. Recordé que tenía algo de comida, papas y chuño, consumí cerca de la mitad. Seguí, hasta que mis piernas deshidratadas me abandonaron. Seguí llorando, recordé todas las maldades que hice, y esperé la llegada de la muerte.
¿Quién podría rescatarme? Nadie, esa zona era un descampado. Me senté en posición de fardo funerario, la frazada era una frágil membrana frente a la lluvia que se había desencadenado. Los bomberos llaman hipotermia, cuando una persona es rescatada a temperaturas muy bajas (el médico legista hubiese diagnosticado así, la causa de mi deceso).                   
Sería las tres de la mañana del día trece de setiembre, cuando veo a lo lejos a un grupo de personas, serían seis, entre hombres y mujeres. La lluvia y sus sombras eran los únicos seres vivos que reinaban en ese momento. Me pongo de pie, y levanto las manos, tratando de pedir ayuda. Los caminantes se asustaron y comenzaron a correr, escuché que decían que era un condenado en pena; un joven aseveraba que yo era el cuco. Creo que ellos tuvieron razón. ¿Qué hace una persona solitaria, en medio del desierto?   
No tuve fuerzas para correr, para alcanzarlos. Pero recobré la esperanza de sobrevivir, ellos tenían linternas, y los seguí. Cuando el sol desalojó a las sombras nocturnas, ya estaba en medio de la pampa del Gallinazo. Parece que me desmayé ahí, recuerdo a lo lejos que algunos peregrinos piadosos me dejaron algunas naranjas, dulces…
Al recobrar la respiración, recordé a los caminantes asustados y seguí el rumbo, iba seguro tras los peregrinos del Señor de Locumba. Desfalleciente, hecho pedazos mi cuerpo y mi alma, llegué a las cuatro de la tarde al santuario, y busqué a mis salvadores. Y no pude hallarlos.
Me fui a la cola, para poder saludar y tocar al Señor de Locumba, pasó como tres horas y me acercaba a él. Teniéndolo cerca, lloré como nadie, lloré mi desventura; le agradecí porque no me había quitado la vida, le di gracias porque me había dado una nueva oportunidad, (después me enteré que los peregrinos entran directamente hacia la sagrada imagen del Señor de Locumba, sin necesidad de hacer “cola”).       
Desde esa fecha, tengo un voto hacia el Señor de Locumba: lo visito y estaré con él hasta cuando tenga vida. La otra promesa que le hice: caminar por tres años consecutivos. En los últimos veinticinco años, no le he fallado al Señor de Locumba.
Hace trece años atrás, las lluvias sin sombra del Señor de Locumba me ha confiado una tarea: difundir la fe del pueblo, propagar a nuestro Señor de Locumba” (versión oral de R.R.H., recogida en junio del 2011). 
Fuente: de un libro inédito, próximo a publicarse

Un milagro del Señor de Locumba (Napoleón Vega)


El 01 de abril de 1880, los guerrilleros del coronel Gregorio Albarracín derrotaron a la expedición chilena, en el pueblo de Locumba, sólo huyeron el jefe chileno y algunos subalternos extranjeros.
Por esta razón, las familias locumbeñas al estar en peligro, apresuradamente abandonaron el pueblo y corrieron en busca de refugio. “Alguien dio la idea y señaló como mejor lugar para ese efecto, la quebrada de Cauña, a donde se trasladaron apresuradamente, premunidos de los elementos necesarios (…).
Cauña queda a unos treinta y cinco kilómetros de Locumba, más exactamente, a la cabecera del valle de Cinto y al pie de los contrafuertes cordilleranos. En ese inhóspito lugar solitario de escarpados terrenos, rápidamente se improvisaron toldos y ramadas para alojar a las familias integradas por elemento impedido para ir a la guerra. Allí en la distancia y en frondosa vegetación silvestre quedó oculto el pacífico vecindario locumbeño, incapacitado para intervenir en defensa del pueblo, por carecer de material bélico. (…) En consecuencia, los refugiados de Cauña quedaron en el mayor desamparo contando sólo con la misericordia de Dios (…).
Cuando el teniente (chileno) Almeida huyó de la muerte, en Locumba, maltrecho y jadeante llegó a la estación ferroviaria de Hospicio (…) Luego dio cuenta de la suerte fatal que corrieron sus cincuenta soldados, significando esta acusación una profunda sed de venganza de parte de las tropas chilenas (…)
El mismo jefe del comando de las tropas invasoras dictó la terrible sentencia: todos los locumbeños debían ser pasados por las armas; incendiadas las casas del pueblo como también las del campo (…) Locumba fue arrasada por esa impía acción que puso prácticamente todo el pueblo en llamas, incluso la iglesia y como una veintena de bodegas repletas de vinos y aguardientes; esta venganza abarcó hasta el valle de Cinto. De esta manera Locumba quedó en escombros y en completa desolación.
Se dice que los chilenos buscaban con ansiedad la efigie del Señor de Locumba, no se sabe si para llevársela o para destruirla. Pero felizmente no fue ubicada, pues había sido ocultada previamente. (…)
Los pocos varones que en última instancia habían llegado allí en la condición de prófugos, aprovechando las primeras luces del alba, trepaban la cumbre para atisbar en dirección de Locumba, hasta que un día de retorno trajeron la terrible noticia de que habían visto avanzar una caballería en largo cordón y portando brillantes armas. Entonces no cabía duda que se trataba del ejército enemigo, cundiendo un terrible pánico entre las mujeres y niños que desesperadamente apelaban a la imagen del Señor de Locumba, demandando en clamorosa y santa devoción, su amparo.
Mientras el elemento femenino y los niños elevaban preces a Dios en son de auxilio; los ancianos y los pocos adolescentes que allí se encontraban, en resuelta acción, rápidamente deliberaron y poniendo su fe en Dios juraron defender el honor de la Patria y amparar a las familias allí refugiadas, acordando entonces en medio de vivas y de amplio fervor patriótico hacer resistencia al enemigo. (…)
Y efectivamente la caballería chilena avanzaba con cauteloso tacto y en minuciosa observación, pues, parece que temían un sorpresivo ataque. Cuando estaban a un kilómetro y medio del refugio, de pronto las avanzadas de la tropa enemiga se (encontraron) con un hombre que caminaba en sentido contrario, era de apariencia humilde y casi cubierto de andrajos. Inmediatamente fue detenido, y aunque esa persona no hacía resistencia, de viva fuerza fue llevado a presencia de los jefes. El extraño caminante, aunque en apariencia era humilde, lucía un austero semblante y sus palabras tenían el don de convencer; su mirar tal vez llevaba un poder hipnotizante. De otra manera no se concibe cómo pudo cambiar el rumbo a un regimiento de caballería que estaba ávido de sangre y de insaciable sed de venganza, sólo con el resultado de una breve interpelación que le hicieron los conductores de la caballería extranjera.
El modesto hombre quedó en libertad y siguió su camino (…) Así el regimiento de la venganza, hizo su regreso al desolado pueblo de Locumba.
Aquel misterioso personaje que salvó al vecindario locumbeño, había aparecido justamente en el preciso momento que era necesario interceder por los desamparados en el refugio de Cauña. Su presencia tenía semejanza al Salvador de Galilea. Si hacemos una investigación sobre su procedencia y su presencia en ese sector cordillerano, donde no hay medios de vida ni caminos para atravesar los andes, tenemos que llegar a la conclusión que su oportuna presentación allí no puede ser otra que la obra de la majestad divina. Pues, para presentarse en ese lugar el misterioso aludido caminante, necesariamente tenía que haber pasado antes por el sitio donde estaban atrincherados los improvisados combatientes de Cauña (…)” (Versión recogida por el Sr. Napoleón E. Vega, 1960). 
Durante la guerra externa, iniciada por Chile, se libró la batalla de Locumba, entre las fuerzas peruanas dirigidas por el coronel Gregorio Albarracín Lanchipa, junto a los pobladores patriotas de la zona, contra una avanzada del ejército chileno, dirigida por el comandante Dublé Almeida. El enfrentamiento ocurrió el 01 de abril de 1880, al final de la contienda huyó el jefe chileno, junto a ocho subalternos. Triunfo indubitable de la causa peruana, mas la respuesta posterior del ejército invasor no se hizo esperar: incendió el templo del Señor de Locumba, se asesinó a varios pobladores locumbeños, destruyó y saqueó las propiedades de los pobladores”. (adaptación del autor)
Fuente: "Señor de Locumba" de Napoleón Vega, 1961